Maruxa Moíño tiene la gran suerte de ser gallega. No sólo eso sino que vivió en su tierna infancia en un pequeño pueblo donde los suertudos podían ir a la escuela y los desarrapados, a trabajar al campo. Ello hizo que se espabilara desarrollando múltiples virtudes que ya las quisieran ahora aquellos adinerados que sabían sumar dos y dos.

No penséis que mi madre se quedó ahí. Recuperó el tiempo perdido y hace años que se sacó el graduado escolar, aprendió catalán, crió a dos churumbeles y encima trabajó lo suyo para aportar el vil metal al hogar.

Su repertorio de recetas puede que no sea abrumador, pero saca las castañas del fuego con un arte sublime. Nunca ha faltado una buena comida en casa. Y además tiene el chollo que es como el vino. Mejora con la edad.

Martín Puymelero es maño. Pero maño, maño. De aquellos que cuando se le mete una cosa entre la ceja no hay Dios que se la quite de enmedio. Pasó más hambre que un cura en los tiempos difíciles de la postguerra. Quizá sea por eso que ha desarrollado un paladar tan fino. Sin embargo su don no es tanto el culinario como el hostelero. Durante un porrón de años ha trabajado en diversas salas de fiestas y discotecas haciendo las delicias de sus clientes con sus combinados.

Hoy en día es difícil encontrar un sitio donde sepan lo que es un Alexandra, un Bloody Mary o un Daiquiri. Es más, como se te ocurra preguntar si tienen alguno de esos lo más probable es que te escupan y todo. Es lo que pasa cuando uno se abona a los jotabecola o a los vodkalimón y olvida que hay todo un arte detrás de los combinados. Pues bien, al señor Puymelero se le metió en la ceja (sí, sí… la misma de antes) que esto ha de cambiar. Así que pondrá todo su saber a nuestra disposición para que descubramos un nuevo mundo de sabores. Además, en confianza, me ha dicho que así se liga un montón.

 

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